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Autor del Análisis: Juan Ruiz Correa- Periodista
En su excelente trabajo “El Exxon Valdez La Historia Nunca Contada”, el escritor norteamericano y conservacionista Greg Palast nos introduce de cuajo en la cronología y la sucesión de eventos que provocaron el mayor derrame de petróleo de la historia moderna, por la magnitud de los daños ecológicos. Este desastre en paralelo se ha convertido en un episodio que retrata con total crudeza la inmoralidad y la negación de justicia que es propia del sistema judicial anglosajón americano y europeo, que ahora pretende dictarle normas y decisiones a nuestra principal industria petrolera, con el directo propósito de causarle daños patrimoniales y erosionar políticamente la figura de nuestro presidente Hugo Chávez Frías. Esta es una historia que igualmente retrata el poco ético comportamiento de la alta gerencia de la empresa transnacional Exxon Mobil que de manera osada y sin pudor alguno pretende duplicar 40 veces el capital que invirtió en un proyecto petrolero en la Faja del Orinoco, que ahora como era de esperar en un Gobierno Soberano, Patriota, se convirtió en un Proyecto Nacional, en el cual se puede participar pero bajo nuevas reglas de juego, con las soberanas normas de la República, y en condición de socio de capital minoritario. Con respecto a este caso el escritor Greg Palast relata: “El 24 de marzo de 1989, el buque petrolero Exxon Valdez se rajó y cubrió 1.900 kilómetros de la costa de Alaska con una capa de sedimento oleoso. La historia oficial sigue siendo Capitán borracho encalla contra arrecife. Sin embargo quien había quedado a cargo era un tercer oficial, que nunca habría chocado contra el arrecife si el radar Raycas hubiese estado en funcionamiento”. Nos aclara luego que este complejo sistema Raycas es costoso de operar y mantener, pero la entonces nombrada EXXON sin su apellido actual Mobil, no se había tomado la molestia de repararlo o sustituirlo. Cuál fue la consecuencia de ese error. La que todos conocemos. Un buque el Exxon Valdez encalló y derramó miles de tonelada de petróleo. Contaminando a una de las penínsulas más ricas en peces y especies marinas de alto valor comercial, además en una zona considerada como de alta fragilidad ecológica. Más adelante en su reporte Palast dice “La tierra embadurnada y destruida por Exxon le pertenece aún a los indígenas Chugach del Paso de Prince William en Alaska”, pero éstos han tenido que lidiar con “un consorcio petrolero en este territorio lejano había estado obrando con mentiras, acuerdos ilícitos, acoso a los indígenas, documentación falsificada, excesos, atropellos y compra de silencio”. Lamenta en su escrito que como suele ser normal, cuando se trata de grandes transnacionales, la prensa libre norteamericana, esa que se muestra como el paradigma del buen periodismo en libertad, nunca se ocupó de estos asuntos. Total. Quién osaría meterse con ese Amo Mayor llamada entonces Exxon, dueño y señor del silencio, vestido de soborno y pago puntual de publicidad a los otros grandes consorcios, los de la Gran Prensa Americana. Precisamente en esas fechas, alega Palast en su escrito, “se había advertido que quienes administraban las operaciones del oleoducto y los terminales petroleros en Alaska no tenían la capacidad operativa para atender posibles contingencias”, léase roturas de oleoductos, incendios, accidentes. Como es obvio nos dice el escrito que se requerían millones de dólares en equipos de contención de derrames. La ley lo exigía, las compañías prometieron que se ocuparían, pero quienes tenían la responsabilidad de evitarlo expresaron que ello resultaba muy oneroso. Tremenda lección en un país que se precia de su excelencia empresarial, ambiental y tecnológica.La alternativa asomada, fue la más típicamente americana, propia de los pioneros que a fuerza de plomo, chantajes, ahorcamientos, subastas, ventas impúdicas, terror y bajo la mirada aprobatoria de tribunales complacientes, gobernantes leales, banqueros inescrupulosos y prensa amarillista aliada, hicieron el Milagro de la Conquista de un Oeste que era el hábitat de pueblos indígenas, hoy convertidos en minoría, culminada luego con la compra a precio de baratija de la península enorme de Alaska a un Zar irresponsable y bobo. Por eso la alternativa fue sencilla. Contener era igual a no molestarse, expresa Palast en su ensayo. “La teoría es que con unos pocos agentes de dispersión se lograría el milagro de superar ese posible desastre”. Y eso fue lo que hicieron tan impúdicamente como siempre lo han hecho los buenos hijos del Tio Sam. No consideraban esa zona como prioridad para sus planes de contingencia. Y de hecho muy olímpicamente, como bien masca un buen chicle Adams “los técnicos de este consorcio, cuando debían rendir informes al Gobierno sobre pequeños derrames o el grado de contaminación de las aguas heladas de esa zona remota de los EEUU, alteraban las muestras con agua limpia y reían felices con sus propias travesuras, al tiempo que advertían a ciertos empleados muy honestos que no debían comentar nada sobre tales actos”. Sin embargo no pudieron impedir la filtración de un memorándum confidencial que confirmaba que “dada la reducción de la tripulación, la antigüedad de los equipos, la falta de entrenamiento y la carencia de personal, tenemos serias dudas de que seamos capaces de contener y limpiar con eficacia un derrame medio o grande de petróleo”. Es decir los gringos del consorcio petrolero que explotaba el petróleo de Alaska reconocían su incapacidad para actuar en caso de una emergencia anunciada. Ahora en esta no tan pequeña historia de turbios empresarios sin ningún sentido de la ética, no podemos dejar de mencionar a otro consorcio que tuvo su importante cuota de responsabilidad en este desastre ecológico ocurrido en Alaska. El mismo tiene el mismo origen de uno de los tribunales que supuestamente congeló los bienes de PDVSA, es decir es una corporación intachable con sede en la Gran Bretaña. Su nombre es casi un mito de la excelencia empresarial. Es la muy almidonada y eficiente British Petroleum, empresa que controla en casi un 50 por ciento la producción de petróleo en Alaska, y miembro principal del consorcio Alyeska, “que se aprovechó del rumor del capitán alcohólico para camuflar su cuota de responsabilidad en aquellos episodios”. “Y era tan responsable como Exxon por una sencilla razón. Estaban muy bien informados sobre el estado lamentable de los equipos de navegación y seguridad del buque que destrozó los sueños de miles de pescadores, indígenas y causó daños irreparables a aquel ecosistema. Y fueron cómplices porque callaron, e incluso arremetieron y trataron de chantajear y expulsar de la industria petrolera a un técnico que les había advertido sobre las deplorables condiciones de aquel navío en franco deterioro. También su papel poco honroso lo evidencia el hecho de que no se hayan ocupado por preservar adecuadamente aquella zona ancestralmente indígena de las graves consecuencias ambientales que podría provocar un derrame de petróleo. No se ocuparon conjuntamente con sus socios menores y con la Exxon de diseñar un plan de contingencia adecuado para contener daños en la frágil ecología marina y costera, de tal manera de asegurarle a la comunidad indígena nativa su principal sustento, la caza y la pesca, en fin el disfrute de sus recursos naturales del Ártico. “Faltaron a la palabra empeñada y el compromiso de contar con los equipos adecuados para evitar el derrame masivo de petróleo crudo o combustible al momento de movilizar grandes despachos desde su terminal”, agrega Palast.Para Greg Palast todo este cúmulo de errores y negligencia quedó al descubierto cuando ocurrió el desgraciado accidente, ya que el plan de contingencia no funcionó. No hubo barcos de escolta. No hubo flota de emergencia porque estaba encallada. En las 24 horas siguientes el esfuerzo por evitar la catástrofe ambiental fue mínimo. No contaban tampoco con el personal adecuado y preparado. A tal punto de que cuanto tuvieron que entregar informes al Gobierno y rendir cuenta a los jueces sobre el por qué tardaron tanto en atender la contingencia apelaron al recurso de siempre: la mentira, la amenaza de testigos, el chantaje a los técnicos. Coincidimos en este punto con el autor del ensayo. Pues así operan estas hermanitas de la caridad dedicadas al negocio petrolero transnacional. “Cuando el Exxon Valdez encalló, no había ningún equipo de nativos entrenados para responder a la emergencia. La fábula del capitán borracho ha sido muy útil para la industria petrolera, al convertir al derrame de petróleo más destructivo de la historia en una historia sobre la debilidad humana. Pero fueron el radar roto, los equipos faltantes, el personal fantasma y las pruebas falsas -todo para recortar gastos- los que hicieron que el desastre fuera inevitable”, alega Polast. En su esclarecedor escrito, en el cual describe la triste situación del pueblo de los chenegas, nos relata que a 10 años del desastre “los indígenas se estaban preparando para pasar otro verano fregando rocas: una década después del desastre, sacaron 20 toneladas de grasa negra de sus playas, en el pueblo Nanwalek, el estado ha declarado que las almejas no son comestibles por envenenamiento con hidrocarbonos persistentes, los salmones aún tienen abscesos y tumores. los arenques nunca volvieron a esos mares, y el roquedal que solía llenarse de los lobos marinos en la Isla Montague permanece silencioso y vacío”. Añade en su prosa directa: “Si uno va hoy al paso Prince William, y golpea una roca, puede oler el mismo aroma que en una estación de servicio de Exxon. Pero a pesar de lo que ven mis ojos, debo estar equivocado, porque en el folleto de Exxon que tengo entre mis manos dice: El agua está limpia y la vida animal, vegetal y marina es abundante y saludable”.Ahora qué ha pasado con este sonado caso de contaminación ambiental, el más grave de la historia, quizá sólo comparable al que provocó el buque “Prestige” en las ricas aguas del Atlántico en Galicia, España. Lo que todo lector avisado y ser humano responsable puede imaginarse. Nada. La ley norteamericana y los informes del Gobierno son letra casi muerta. Pura pantalla. Decisiones que no se cumplen, apelaciones y largos juicios, que sólo sirven para inflar titulares de prensa escrita y televisión, vender periódicos y publicidad, pero que al poco tiempo quedan convertidos en Nada. Porque pese a los veredictos y sanciones de jurados y tribunales, para la Exxon Mobil (que ahora reclama a Venezuela, a PDVSA, una indemnización de nada menos y nada más que 12 mil millones de dólares, por unas inversiones que en el mejor de los casos no superan los 300 millones de dólares) este crimen ecológico se puede resarcir, se puede olvidar por una pírrica suma de 30 o 40 millones de dólares. Es decir de una condena a pagar una compensación de 5.000 millones de dólares por los daños causados, ordenada por un tribunal local, y luego paralizada por la Corte, estos angelitos corporativos pretenden tan sólo cancelar el 1 por ciento de ese monto. Para la Exxon Mobil eso es lo que cuesta su crimen. Eso es lo que cuesta la ruina de un ecosistema marino, la muerte lenta de la economía sustentable de un pueblo indígena y la falta de escrúpulos al momento de no reconocer su responsabilidad por la magnitud del desastre causado a esa zona de Alaska al finalizar la década de los 80. El autor Greg Palast lo ratifica en su escrito, de manera tan cruda como el petróleo que convierte a Exxon Mobil en la mayor empresa del mundo, con ganancias que superan los 40 mil millones de dólares: “ExxonMobil no pagó ni un centavo. Ha pasado una década desde el juicio. British Petroleum se tiñó de verde y ExxonMobil decidió pintar la Casa Blanca con “verde”: es el segundo patrocinador vitalicio de la carrera de George W. Bush (después de Enron). Los puestos legislativos de la industria petrolera, las campañas de reforma y las generosas inversiones en el proceso democrático de Estados Unidos han servido para que la Corte Suprema de Justicia y los tribunales de apelación parezcan clubes de consultores empresariales, en lugar de órganos de defensa de la justicia. En noviembre de 2001, luego de recibir las directivas de la Suprema Corte, el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito de Estados Unidos rechazó el veredicto del jurado -que estableció el pago de la compensación- con el argumento de que era demasiado severo para la pobre ExxonMobil”.“Por su parte el consorcio de Alyeska, proveedor y distribuidor del petróleo derramado pudo acallar todas las denuncias relativas al Exxon Valdez por dos por ciento del costo conocido de los daños: alrededor de 50 millones de dólares. El pago fue cubierto por una compañía aseguradora”. Para remate y desgracia de los indígenas de aquella zona olvidada de Alaska, sus jefes y los pescadores que reclamaron indemnizaciones murieron. No hubo para ellos compensación. La empresa tribal no pudo pescar más arenques. Quebraron. Y el autor de esta reveladora historia, que hemos rememorado por retazos muy contundentes, el escritor Greg Palast se convenció de que toda la información reunida por él y su amiga Lenora, donde comprueba los fraudes cometidos por Exxon y British, en efecto pasó a ser papelería inútil, ante el poder avasallador de esos dos gigantes del petróleo y de la manipulación, dignos representantes de la más vieja y nueva estirpe de dominación imperial; la que proviene de la Madre y el Hijo que la supera, de la vieja Gran Bretaña y el Imperio Económico de los EEUU. Greg Palast es el autor de The Best Democracy Money Can Buy (Constable y Robinson Editores), de donde fue extraída la información que da sustento a esta historia, que también se publicó en The Ecologist (noviembre de 2003). Su sitio web es: www.gregpalast.com. Este trabajo fue reproducido en el sitio “Revista del Sur”, edición marzo abril 2004, Nº149 y 150. Dirección URL www.redtercermundo.org.uy



